
Había una vez un lobo que continuamente se quejaba de su suerte.
-Todo el día tengo que andar de un lado para otro buscando qué comer. Todos me miran con mala cara, y de mala gana me saludan.
Decidido a ponerle fin a lo que él consideraba una angustiosa existencia, subió a lo alto de una colina.
Mientras ascendía por un trillo lleno de verdor, una minúscula ardilla le salió al paso.
-¡Qué sorpresa verte por aquí, Lobo! En todos los años que llevamos de vecinos, es la primera vez que me haces la visita.
El Lobo se quedó mudo de asombro, y apenas atinó a balbucear unas palabras.
-Sí… no… es que yo….
-Nada, nada- dijo la Ardilla- ahora que has subido a la colina, no te dejaré partir.
Y como si el lobo fuera su mejor amigo, lo arrastró por la cola y lo llevó al abrigo de un gran árbol, donde le ofreció lo mejor que tenía.
Conversando y comiendo toda aquella delicia, el lobo no se percató de que pasaban las horas. Casi caía la noche cuando sintió un poco de cansancio, y se estiró para desperezarse un poco.
La ardilla se dio cuenta del agotamiento del lobo y le dijo:
-Si lo deseas, podemos compartir mi madriguera.
El Lobo se sintió la criatura más importante de la Tierra. Y aunque no se quedó a dormir con la Ardilla, le dio las gracias por haberle salvado la vida.
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